En el siglo pasado, a la sazón, la ciudad de París en Francia. Frederic Gaspard era el Ejecutivo de Compras en una importante firma dedicada a la elaboración de pertrechos militares donde su efectividad se había convertido en prioridad del Estado. Habían llegado informes de una posible conflagración y tenían que estar preparados.. Falsas o no las noticias, lo real era que la sociedad parisina, engreída y despreocupada en aquel entonces, no podía sospechar absolutamente nada de lo que le vendría después.
A Frederic, indiferente a tales rumores, no le faltó el gran encuentro con uno de sus mejores amigos desde que eran muchachos de dieciocho años: Era el siciliano Bernard. Aquél mediterráneo de cabellera ensortijada, ojos negros y cansados que estaba afincado en la capital. Paternal, directo, sincero y con un hablar diplomático —algo que a Frederic lo sacaba de sus casillas— le comunicó que se llevaría a cabo una gran reunión en la Fábrica de Producción por la celebración del aniversario de su fundación.
Frederic aceptó con mucho gusto y pensó que ya su semana estaba completa; se puso sus mejores galas. Apenas habían entrado, el humo de los cigarrillos denotaba pesadez en el ambiente. La música delataba risas alegres, acompañadas de los brindis continuos de los miembros del Directorio.
Pero Frederic no se dejaba impresionar por tanta hipocresía junta, porque para él era importante la palabra dada con verdad y compromiso, siendo un convencido de la honestidad y transparencia de sus colegas empresarios. Bernard ya lo conocía bien: estaba seguro de que su amigo, aunque muy amante de las fiestas y parabienes, escondía en su corazón una sagacidad única.
No obstante, alegraban la noche los ojos y las emociones de las damas presentes. Bernard le alcanzó a su amigo una copa de champagne —por decir lo menos— cuando este se quedó prendado de una bella mujer. Ojos bellos, corsé definido, con un cigarrillo largo entre los dedos como si buscara llamar la atención por ese tal “atrevimiento”.
Frederic se dio cuenta de que era correspondido casi de inmediato y se acercó tímidamente pero con decisión a la dama que para él era un misterio que tenía, a todas luces, que resolverse. Pronto, luego de presentarse, ambos se embarcaron en una charla amena y prolongada. Ella sintió lo mismo, pero inteligente y recatada por su condición de mujer, mostró un interés que parecía esconder una profunda admiración.
Frederic reparó en ello y su corazón latía con fuerza; pero por la etiqueta y los modales, pactaron un encuentro próximo a orillas del río, en una tarde que sería inolvidable. Frederic llegó a su casa emocionado. Durmió pensando en la siguiente semana como si fuera el día de la patria —solo faltarían los fuegos artificiales. Pero el gran encuentro no pudo darse: la Gerencia lo había designado para un viaje urgente al interior.
Enojado y confundido, gritó con impaciencia en sus adentros por esta ingrata situación. Recordó a Nadine con preocupación y quiso avisarle, pero no pudo hallarla. Pensó en su amigo, pero él también tenía que cumplir una comisión importante. Resignado, se fue a la estación del tren, cabizbajo y triste, hacia la diligencia que debía cumplir.
Le pareció una eternidad. Después de una semana, Frederic se encontró sorpresivamente con Bernard.
—¡¡Bernard!! ¡¡La suerte me ha sido propicia!! ¡¡Te he encontrado!!
—Hola —le dijo fríamente.
—¡¡Ha pasado tan solo una semana y no he podido ubicar a Nadine!! ¿Me puedes decir qué ha pasado con ella? No responde a mis llamadas ni a mis encargos…
—Veo con sorpresa que no te has enterado, Frederic… ¿Cómo podrías saberlo?
—¿Qué ha sucedido, amigo? —preguntó Frederic con semblante atónito.
—Nadine murió el jueves pasado. El conductor de una calesa, al parecer, no la vio; no pudo controlar el armatoste y se fue contra ella y contra su pequeño hermano Pierre. Ella dejó esta vida instantáneamente, pero Pierre quedó muy grave en el hospital. Lo siento.
Frederic, desencajado por la noticia, solo atinó a escucharlo pensando por qué la vida se había ensañado contra ella, siendo tan joven y bonita. Un gran desasosiego embargó su corazón. No lo podía creer; no podría cambiar las circunstancias porque la muerte ya había cumplido su misión. Frederic lloró amargamente… Bernard, observándolo, conmovido y lleno de pesar, se adelantó hacia él y le dijo estas cortas palabras: “Ce la vie, Frederic”, “Ce la vie”, y terminó yéndose por la calle principal…
La frialdad de la noche, acompañada de un frío interminable, habría acabado con la vida de Federico si este no se hubiera serenado, a pesar de que la desesperación y el llanto lo habían dominado en el momento más difícil de su vida. Él desapareció sin dejar rastro, salvo por una vez que Bernard se enteró de que había quedado lisiado en un accidente —pero nadie sabía dónde lo habían atendido, ni conocía su paradero…
Roque Puell López - Lavalle
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