martes, 24 de marzo de 2026

La Misión



Montes engalanados de tupida vegetación, abismos insondables, selva impenetrable, húmeda, de olor a madera mojada: es un mundo que aún no ha sido explorado. Pero ahí yace, soberbio, imponente, solitario y hermoso a la vez, un paraje desconocido, un cerro privado de luz solar, una empresa que invita a una existencia arriesgada y que, sin embargo, busca entre los más experimentados, una ocasión, un rumbo inexplicable, una rosa en flor que brota entre raíces ancestrales y anhela ser acogida por aquel que se atreva a adentrarse...

La lluvia torrencial acompaña al hombre, y aquella densa neblina que envuelve su camino, lo ennoblece. Él venera la verdad en sus palabras, le importa el espíritu de los extraños, corre en sus venas el ímpetu de los sueños; y aunque solo escuche el eco de su aliento al ascender cuesta arriba, aspira a trascender lo impredecible hacia aquello que anhela con fervor. Para compartirlo – es una dicha que trasciende los límites de su pecho...

La fiera delimita su dominio, pero él aspira a llegar pronto para ser el primero. Quizás porque no le importa ni el lapso del tiempo ni la extensión del camino, ni el recuerdo de su aldea ni la razón de sus compañeros. ¡Qué temple! El anuncio es el mismo: liberador, firme, conmovedor, consolador; nunca pierde vigencia aunque la agonía lo visite. Es el Amor de quien hace mucho se le adelantó, pero que ahora llena todo su ser y define su propósito. Emplea su viveza, su esencia desnuda o incisiva, para no ser alcanzado por el rayo de la desesperanza ni el trueno de la indiferencia...

Le llamaron loco, pero ahora lo vive con intensidad; todos pueden acercarse a él, tocarlo y reírse junto a él. Porque a la ingenuidad de los demás se le adelanta la humildad y la sencillez que se reflejan en su semblante, en la calidez de sus expresiones, en su cuerpo desgastado – porque atrás dejó su altanería para buscar ahora un ideal auténtico, monstruoso para quienes no creen y singular para aquellos que lo acogen con determinación...

La vida es una sola para contarla, y algunos la conocen por las experiencias que alberga el Libro de verdades eternas. Del sufrimiento ajeno se nutre el carácter; de los latidos de un corazón extraviado se afirman las alegrías. Pero permanece el mismo llamado que transforma al hombre y alienta al pecho apocado. La montaña lo refugia, lo desvía, pero es generosa cuando comparte sus misterios...

¿Qué es aquello que lo apasiona, entonces? La existencia con sentido y el recorrido por sendas que sabe que lo pueden sorprender. Porque existe el Dueño de los laberintos y de los árboles inmensos en las cañadas, o el habitante de la humilde morada, a quien no imaginaba que le daría la bienvenida con un saludo sencillo. No preveía el corazón del que recibía su visita, el dolor de su partida, tal vez por su mensaje y la forma de comunicarlo...

Solo las almas que se doblegan ante la Majestad de lo que no se advierte, de la pequeñez que les provocan esos hombres o la propia montaña, muestran el porqué de ese encuentro. No es él quien conquista ni se apropia del honor. No: el conquistado es él mismo, quien desconoce que la labor que lleva consigo, junto a la candidez de su desconocimiento, lo hace vasallo, lo convierte en discípulo – y que lo único que aporta es la pureza de su intención...

Roque Puell López - Lavalle

lunes, 23 de marzo de 2026

Así es la vida

 


En el siglo pasado, a la sazón, la ciudad de París en Francia. Frederic Gaspard era el Ejecutivo de Compras en una importante firma dedicada a la elaboración de pertrechos militares donde su efectividad se había convertido en prioridad del Estado. Habían llegado informes de una posible conflagración y tenían que estar preparados.. Falsas o no las noticias, lo real era que la sociedad parisina, engreída y despreocupada en aquel entonces, no podía sospechar absolutamente nada de lo que le vendría después.

A Frederic, indiferente a tales rumores, no le faltó el gran encuentro con uno de sus mejores amigos desde que eran muchachos de dieciocho años: Era el siciliano Bernard. Aquél mediterráneo de cabellera ensortijada, ojos negros y cansados que estaba afincado en la capital. Paternal, directo, sincero y con un hablar diplomático —algo que a Frederic lo sacaba de sus casillas— le comunicó que se llevaría a cabo una gran reunión en la Fábrica de Producción por la celebración del aniversario de su fundación.

Frederic aceptó con mucho gusto y pensó que ya su semana estaba completa; se puso sus mejores galas. Apenas habían entrado, el humo de los cigarrillos denotaba pesadez en el ambiente. La música delataba risas alegres, acompañadas de los brindis continuos de los miembros del Directorio.

Pero Frederic no se dejaba impresionar por tanta hipocresía junta, porque para él era importante la palabra dada con verdad y compromiso, siendo un convencido de la honestidad y transparencia de sus colegas empresarios. Bernard ya lo conocía bien: estaba seguro de que su amigo, aunque muy amante de las fiestas y parabienes, escondía en su corazón una sagacidad única.

No obstante, alegraban la noche los ojos y las emociones de las damas presentes. Bernard le alcanzó a su amigo una copa de champagne —por decir lo menos— cuando este se quedó prendado de una bella mujer. Ojos bellos, corsé definido, con un cigarrillo largo entre los dedos como si buscara llamar la atención por ese tal “atrevimiento”.

Frederic se dio cuenta de que era correspondido casi de inmediato y se acercó tímidamente pero con decisión a la dama que para él era un misterio que tenía, a todas luces, que resolverse. Pronto, luego de presentarse, ambos se embarcaron en una charla amena y prolongada. Ella sintió lo mismo, pero inteligente y recatada por su condición de mujer, mostró un interés que parecía esconder una profunda admiración. 

Frederic reparó en ello y su corazón latía con fuerza; pero por la etiqueta y los modales, pactaron un encuentro próximo a orillas del río, en una tarde que sería inolvidable. Frederic llegó a su casa emocionado. Durmió pensando en la siguiente semana como si fuera el día de la patria —solo faltarían los fuegos artificiales. Pero el gran encuentro no pudo darse: la Gerencia lo había designado para un viaje urgente al interior.

Enojado y confundido, gritó con impaciencia en sus adentros por esta ingrata situación. Recordó a Nadine con preocupación y quiso avisarle, pero no pudo hallarla. Pensó en su amigo, pero él también tenía que cumplir una comisión importante. Resignado, se fue a la estación del tren, cabizbajo y triste, hacia la diligencia que debía cumplir.

Le pareció una eternidad. Después de una semana, Frederic se encontró sorpresivamente con Bernard.

—¡¡Bernard!! ¡¡La suerte me ha sido propicia!! ¡¡Te he encontrado!!

—Hola —le dijo fríamente.

—¡¡Ha pasado tan solo una semana y no he podido ubicar a Nadine!! ¿Me puedes decir qué ha pasado con ella? No responde a mis llamadas ni a mis encargos…

—Veo con sorpresa que no te has enterado, Frederic… ¿Cómo podrías saberlo?

—¿Qué ha sucedido, amigo? —preguntó Frederic con semblante atónito.

—Nadine murió el jueves pasado. El conductor de una calesa, al parecer, no la vio; no pudo controlar el armatoste y se fue contra ella y contra su pequeño hermano Pierre. Ella dejó esta vida instantáneamente, pero Pierre quedó muy grave en el hospital. Lo siento.

Frederic, desencajado por la noticia, solo atinó a escucharlo pensando por qué la vida se había ensañado contra ella, siendo tan joven y bonita. Un gran desasosiego embargó su corazón. No lo podía creer; no podría cambiar las circunstancias porque la muerte ya había cumplido su misión. Frederic lloró amargamente… Bernard, observándolo, conmovido y lleno de pesar, se adelantó hacia él y le dijo estas cortas palabras: “Ce la vie, Frederic”, “Ce la vie”, y terminó yéndose por la calle principal…

La frialdad de la noche, acompañada de un frío interminable, habría acabado con la vida de Federico si este no se hubiera serenado, a pesar de que la desesperación y el llanto lo habían dominado en el momento más difícil de su vida. Él desapareció sin dejar rastro, salvo por una vez que Bernard se enteró de que había quedado lisiado en un accidente —pero nadie sabía dónde lo habían atendido, ni conocía su paradero…

Roque Puell López - Lavalle


Hombre de maíz


 


En América naciste — fijate,

¡increíble fue Dios al crear

la bella Guatemala!

Mesoamérica,

tierra de los mayas:

hoy quiero dedicarte

fino unas palabras.

Si me lo permitís

y si el tiempo me da la venia,

contaré unos mis recuerdos…

Hace ya unos años

viví entre el occidente frío

y entre los muchos encuentros.

Aquellos que van

de las camionetas coloridas

a los caballos bravos

de las milpas.

¿De plano va?

Holguras y estrecheces

son lo que me mostró

la campiña de los pinos,

las tortillas que parecían

extrañas a mi hambre

que se desataba

y que muchas veces

me hicieron feliz

para nunca olvidarlas

pues…

Me tocó ser testigo

de conocerte en mis correrías

de aventurero y aldeano.

Entre los azulinos volcanes

donde los pastores cuidaban

los rebaños,

entre las aldeas que no se dejaban

amedrantar por el frío

y tu gente alegre

que varias veces me sabía decir:

— Buenos días hermano:

¿Cómo amaneció hoy el señorón?

Bien contestaba,

pero ellos siempre desconfiados

sonreían.

Entonces, mi conciencia

me decía lo contrario:

¡Buenos son los días

que Dios te hace vivir todavía!

Y qué momentos tú,

muchos fueron los viajes

en el valle de la Ermita

pues mucho aprendí

hombre de maíz,

varón del campo y del trueno vos,

que caminas con la leña

a cuestas

y que tu familia espera…

Sí que sabés enseñar

al que no sabe

y compartís lo que tienes.

No cambies porfa,

que tú sí sabes

al fuereño contentar…

No dejes que tu nombre

se pierda en los cambios

del mundo sombrío.

Las raíces y tradiciones

no deben morir,

así el mundo lo sugiera

pues educación, trabajo,

salud y desarrollo,

son los pilares.

¡La grandeza de una Nación!

Y tú, ¿Alcanzarás la estrella?

Y así me lo dijo Don Calayo:

¡Cabal! ¡Claro que la conseguirás!

Pero que nunca se pierda

entre las madejas

ni en las letras muertas, 

las estrofas bellas

de tu himno patrio

que más de una vez canté

y que das la vida

y la fuerza

a este país que te vio nacer.

Solamente hacéme la campaña,

no te rajes hoy ni mañana.

¡Qué no mueran tus ideales,

ni el amor a la patria por nada!

¡¡Dios te bendiga siempre,

hombre de maíz!!

Roque Puell López - Lavalle

 

 

Volare

 



Para algunos, volar es un placer; para otros, motivo de ponderación, especialmente si se trata de hacerlo en una avioneta pequeña de cuatro plazas que sirvió en Vietnam. Hace unos años, salimos como misioneros del campo de vuelo de Atalaya, en el departamento de Ucayali, en la selva peruana. Fui acompañado de mi amigo Eugenio Bragg, con una misión de gran importancia en aquel rincón.

Nuestro destino era el caserío de Obenteni, en el Gran Pajonal. Esta región, que se extiende por tres departamentos, respira historia. En el siglo XVII, por ejemplo, el ashéninka Juan Santos Atahualpa —criado por franciscanos— mantuvo en jaque a los españoles, quienes nunca lograron sojuzgarlo a pesar de sus múltiples persecuciones. Fue un tal Mariano Lechuga, movido por la envidia, quien lo asesinó de manera misteriosa. Hoy en día, sigue siendo tierra de los campas pajonalinos —como se les denomina a esta etnia, aunque ellos se autodefinen como Nación.

Son conocidos por ser un pueblo guerrero; antaño tomaban las armas y se pintaban la cara con achiote y raíces de plantas que les conferían un aspecto fiero cuando declaraban la guerra. Hoy, esta costumbre persiste como rasgo cultural y de identidad. Visten actualmente con la cushma —un amplio camisón largo de color marrón—, prenda que usan hombres y mujeres por igual. Se sustentan de la ganadería y una agricultura incipiente, en una extraña convivencia con los colonos de la sierra.

Llegar allí es «una aventura en el aire», debido a la altura de sus montañas y los farallones cubiertos por una vegetación densa como una manta. Desde el despegue, la avioneta inició su ascenso, superando los diez mil pies hasta coronar la cumbre, donde por fin se divisaba en la profundidad el caserío. El descenso fue igualmente espectacular: se realizó en círculos, como si la máquina fuera un tirabuzón, hasta posarse en una cinta verde en medio de las casas dispuestas en hilera.

No obstante, en el vuelo de regreso a Atalaya, después de horas de sol radiante, una tormenta se abatió sobre nosotros sin previo aviso. Parecía oírse el crujir de montañas que se rompían en mil pedazos; luego, el cielo se iluminaba con relámpagos interminables, para terminar en una lluvia feroz. Ilusamente creímos que aquella furia pasaría pronto, pero no fue así.

La avioneta temblaba entre las nubes, pero el piloto —experimentado— sacó su carta de navegación para trazar la ruta. Nosotros no veíamos nada: todo estaba envuelto en la oscuridad. Sin embargo, abajo discurría un río, cuyo curso seguimos sabiendo que atravesar las montañas habría sido una muerte segura. Ya llevábamos buen trecho volando cuando la máquina se convirtió en un «papelito al viento», arrastrada por las corrientes que la guiaban por el cauce serpenteante del agua. El silencio era absoluto; no sé si éramos víctimas del miedo, pero la humedad unida al frío hicieron su trabajo. ¿Estábamos en el limbo? Nos miramos, solos en medio del aire, con el horizonte completamente oscuro.

Solo se oía el silbido del viento y el rugir de la única hélice de nuestro viejo monomotor. El resto era un cuadro sin orden, un punto diminuto en el firmamento sombrío. Pasaron minutos largos, interminables, y la tormenta persistió con mayor furia. Pero los caprichos de la naturaleza no se hicieron esperar: apareció una abertura en el cielo, una luz esperanzadora que parecía invitaronos a entrar de inmediato.

Sin dudarlo, el piloto ascendió por una escalera imaginaria, y nuestra sorpresa fue inmensa al cruzar aquel umbral… ¡Estábamos en otro mundo! El cielo era de un azul espléndido, y abajo quedaba la tormenta como un manto negro aún amenazante, pero ya lejano. Dos visiones distintas: de nuevo el calor, el cielo celeste y la alegría de vivir reinaron entre nosotros. Quedaba poco combustible, pero después de seguir la línea del río durante un largo trecho, aterrizamos por fin en el pueblo, bajo un cielo nublado. Lo que habitualmente duraba veinte minutos se alargó a más de una hora.

En mi candidez, le felicité al piloto por su pericia y aplomo. Pero él, firme y con una sonrisa en los labios, me respondió:

–¡Dirás qué bueno es el Señor, que nos dio salida en medio de tanto caos!

–¿De veras? –contesté incrédulo, aunque en mi interior reflexionaba sobre aquel momento mágico en medio de las densas tinieblas, que me había invitado a contemplar la belleza misma de la oscuridad. Mi amigo Eugenio también estaba sorprendido, y esbozó una sonrisa igual.

Hoy me pregunto si en el mundo que habitamos, la cortina de la ignorancia pretende nublar para siempre el pensamiento de seres como nosotros: humanos finitos y contradictorios. Supe entonces que existen en la vida puertas de luz espléndida para las preguntas sin respuesta. Todo consiste en buscarlas; sin duda las encontraremos en la verdad de lo que anhelamos. Sé que despierto cada mañana en un lugar real, que existe, y que en sus misteriosos escondites guarda un resplandor que me ilumina y que puede convencer incluso al ser más impenitente.

Pero ignoro si todos podremos gozar del tiempo de volar y soñar despierto, o si tal vez terminaremos caminando entre las sombras sin esperanza, aún cuando nos lleguen buenas noticias. Dependerá de nuestra decisión de vivir realmente el presente, confiando en Jesucristo, la Luz del mundo…

Roque Puell López - Lavalle

domingo, 22 de marzo de 2026

El amigo traidor





Las mismas callecitas solitarias, las mismas casonas viejas y polvorientas de este lejano pueblo, son las que se extienden en estas tardes frías, sacudidas por el ulular continuo del viento. Pero ahora, aquellas edificaciones de antaño solo ofrecen las ilusiones perdidas de un pasado victoriano.

No obstante, surgió en la mente de Pablo —un forastero que vivió entre los cándidos de aquel tiempo— una silueta bella y transparente que, como humo, se desvaneció en el umbral de los sueños, aun cuando él estaba plenamente consciente. En ese instante, todo quedó guardado en su corazón y no quería ocultar nada de lo que sentía.

En las noches meditaba, y sin querer apareció su pasado quejoso y casi olvidado. Surgieron viejos enojos y sintió un silencio extraño, semejante a aquellos ojos indiferentes de otros tiempos.

¿Qué diría entonces el mar, embravecido por el viento atrevido? Dudas. 

¿Qué respondería el desprecio de quien ahora dice olvidar? ¿Y qué reclamarían los años de voluntaria lejanía? 

Nada. 

El silencio no tiene nombre.Las palabras, así, sobran sin valía.¿Eran solo las noches que él había vivido? Solo Dios lo sabe.

Recordar era mala idea. Pero si acaso las vanidades de los culpables pudieran hablar, poco o mucho dirían las miradas de él y las gracias de una niña mora que no sabía mentir. Sería inútil lo que hoy se dijera si las promesas se hubiesen cumplido.

Pero algo sí era cierto, después de tantos ambages y desenlaces. Apareció una figura extraña entre la duda y la ausencia: alguien que cambió las esperanzas de un idilio. Fue aquel que no conoció el camino recto ni la lealtad de un Mesías.

Era el perfil perfecto de un ser mundano, acompañado de la voz elocuente y fanfarrona de esos extraños. Tenía un habla envidiosa que irrumpió en el portal sagrado de una espera inusual. Sonó como la trompeta ruidosa de una retirada, tan clara como lo fueron las falsas palabras de un amigo… un amigo traidor.

Roque Puell López - Lavalle



jueves, 19 de marzo de 2026

El mar y la rosa


Aquella mañana, el mar estaba inquieto y juguetón. Sus idas y venidas revelaban vigor y alegría; no era para menos, el día se mostraba espléndido.

Entonces, sin que nadie lo advirtiera, una rosa apareció frente a él. Ni la llovizna, ni la brisa, ni siquiera el sol parecieron darse cuenta. Tampoco los crustáceos ni las gaviotas hallaban explicación a lo ocurrido. Se sospechaba, sin embargo, que alguno de los rosales silvestres que crecían en los acantilados habría sido arrancado por los vientos del sur.

El mar no se inmutó. Antes bien, haciendo gala de su nobleza, quedó profundamente sorprendido por la belleza de la flor. Con delicadeza le ofreció una bienvenida cálida y amistosa.

La rosa respondió agradecida, aunque tímida ante aquellas atenciones a las que no estaba acostumbrada. Permaneció callada, ruborizada por tanta gentileza. Todos contemplaron asombrados aquella escena: un rey poderoso inclinándose con ternura ante una frágil flor que ignoraba la grandeza de su anfitrión.

Los comentarios no tardaron en surgir. ¿Cómo podía una simple rosa ejercer tal influencia sobre el soberano mar y sobre todos sus habitantes? Los rosales de los acantilados prefirieron guardar silencio; fingieron no ver nada y continuaron ocupados en su propia existencia.

Con el paso del tiempo, la rosa se hizo mar y el mar se hizo rosa. La fuerza y la ternura se fundieron en un solo corazón. Compartieron momentos inolvidables: la delicadeza de la flor se transformó en sentimientos profundos, y el mar se mostró siempre complacido en su compañía.

Sus noches se llenaron de un nuevo canto bajo el cielo estrellado. Vivían en un mundo mágico, suspendido en un tiempo que parecía perderse entre el oscuro firmamento y el silencio infinito del horizonte.

Pero un día llegaron las tormentas. Los rayos y relámpagos amenazaron su amor. La lluvia azotaba sin piedad a la rosa, que sufría angustiada. El mar intentaba protegerla, aunque también padecía los embates furiosos del clima.

Se volvió entonces embravecido, sombrío y colérico. Las circunstancias despertaron en él tristeza, temor e ira. La tempestad castigaba la costa con violencia; todos buscaban refugio mientras el estruendo de las olas y los truenos dominaba la orilla.

Con el tiempo, la tormenta comenzó a amainar. La lluvia cesó lentamente y un tímido sol apareció en el horizonte. Las nubes se abrieron poco a poco hasta dejarlo brillar con plenitud.

Fue entonces cuando ocurrió algo extraño. En aquellos acantilados orgullosos y escarpados nacieron misteriosamente muchas rosas. Algunas apenas eran botones, otras se abrían frescas y coloridas tras el aguacero. Sus fragancias se esparcían por el aire, llevadas por la brisa hacia todos los rincones.

¿De dónde habían salido?

El mar, ahora en calma, sentía una profunda tristeza. Pensaba que su rosa había desaparecido. No sabía dónde buscarla. La extrañaba, y la soledad hacía crecer cada vez más sus sentimientos.

Recordó que no hacía mucho había sido feliz. Ahora, en cambio, se sentía distinto, vacío.
¿Sería demasiado tarde?

Un día escuchó que quizá la flor se encontraba bajo unas piedras, en un boquerón cercano. Sin perder tiempo, el mar acudió presuroso hacia aquel lugar. Buscó con ansiedad, guiado más por la esperanza que por la certeza.

La llamó con dulzura, aunque con temor. Las horas pasaban y el rescate parecía imposible.

De pronto, entre las rocas oscuras, apareció la rosa. Sus pétalos estaban maltratados, pero aún conservaban su belleza. Lánguida y temblorosa, sonrió débilmente al mar.

El gigante no pudo contener la emoción. Una lágrima brotó de sus aguas. Otras nacieron de la rosa. Y así, entre lágrimas y alegría, se reencontraron en un cálido beso.

Pasaron pocos días antes de que recuperaran el tiempo perdido. Volvieron las risas, los juegos y la alegría. El amor renació con más fuerza que antes.

Habían comprendido una gran verdad: después de cada vendaval siempre llega la calma.

En la playa todos celebraban su felicidad, aunque algunos sabihondos no dejaron de criticar aquello que no lograban comprender. Pero al mar y a la rosa poco les importaban esas voces.

Vivieron así durante muchos años: él vibrando con su inmensa alegría y ella perfumando su vida. Su amor, profundo y silencioso, tuvo como únicos testigos al cielo y al sol.

Y aunque no faltaron nuevas tormentas, permanecieron siempre juntos.

Porque habían aprendido que el amor verdadero puede resistir cualquier tempestad.

RFPLL

La Misión

Montes engalanados de tupida vegetación, abismos insondables, selva impenetrable, húmeda, de olor a madera mojada: es un mundo que aún no ha...