Tengo la impresión de que lo vi nacer hace ya no sé cuántas calles atrás. Recorre este amigo mío la vida viviendo como quiere y como puede, morando y peleando siempre al fondo del bulevar. No logro explicarme la inmensa paciencia —o tal vez el heroísmo— de sus vecinos, capaces de tolerarlo. Unos días ríe, otros se comporta como todo un caballero, y en otros momentos pareciera haber bajado de la corte celestial; pero no logro entender por qué, a pesar de todo, casi siempre se encuentra de mal humor.
Es mentiroso compulsivo y, a ratos, hasta sensible. ¿Por qué habrá de vivir en lugares tan modestos cuando da la impresión de provenir de familia de ilustres apellidos? Quizás sean las injusticias de la vida, o tal vez las costumbres de peregrino que adoptó alegremente para no tener que formar parte del concierto de esta sociedad tan estrecha de miras. No basta con lo fantasioso de sus conversaciones, pues también demuestra tener modales refinados y un paladar exquisito.
Sin embargo, es un manojo de contradicciones: unas veces está en la cima, otras en el llano; aunque me atrevo a pensar que no lo persigue el espíritu del mal. Pero lo que sí es inaceptable es lo que ocurrió aquella vez: le prestó su carrito de juguete a un amigo, y juntos lo hicieron correr y jugar durante varios días. Hasta que un buen día, se lo dejó confiado para que le hicieran unos arreglos y funcionara mucho mejor.
Pero cuando el susodicho carrito dejó de caminar por viejo y caprichoso, el hombre de cabello cano y mal carácter pensó de inmediato que su compañero le había hecho algo o le había quitado alguna pieza.
—¡Mi carrito! ¡Mi carrito! ¿Qué le has hecho a mi carrito? ¡Ayer te lo dejé bueno, y ahora lo veo enfermito! —gritaba.
Fue en vano la explicación sincera, pausada y serena que, sin mentiras, le dio mi sorprendido amigo.
—¡Mi carrito! ¡Mi carrito! —insistía él—. Me lo llevo para cuidarlo, me lo guardo yo para que esté sanito.
De nada sirvió lo que le explicó quien se había ofrecido a ayudarlo; pues el famoso “carrito” volvió a sus manos, aunque en realidad no estaba tan dañado como él decía.
Esa era la cuestión. No le importó que su amigo lo hubiera pintado con esmero; no valoró que el pequeño vehículo corriera ahora mucho mejor que antes, ni le dio importancia a la limpieza y el cariño que le había prodigado. ¿Entonces? Pues para él, todos éramos culpables de la supuesta enfermedad terminal del juguete; porque, a fin de cuentas, el carrito era tan antiguo, tan desajustado y tan difícil de tratar como su propio y malintencionado dueño…
Así fueron las cosas: se marchó muy resentido aquel personaje inefable, y así quedó, con las manos vacías y la decepción, el amigo que quiso ayudarlo.
«¿Para esto perdí mi tiempo? ¿Para esto lo ayudé, para terminar siendo culpable de un juicio sin sentido?», pensaba el buen hombre. «Pobre de este “Ferrari” de juguete, ¿en qué terminará? —se dijo—. ¿Qué culpa tiene de tener un dueño tan injusto?»
Juzgar a todos con la misma medida es vivir sin rumbo; defender lo indefendible es ser terco y obstinado; pero vivir creyendo que todos son culpables de mis desgracias y que todo el mundo me desea el mal… eso, señores, eso sí que es vivir en el infierno.
Roque Puell López - Lavalle
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