En el siglo pasado, en aquella época, en la ciudad de París, Francia, vivía André Mogard. Él era el Ejecutivo de Compras de una importante empresa dedicada a la fabricación de pertrechos militares, donde su eficacia se había convertido en una prioridad para el Estado. Habían llegado informes que advertían sobre una posible conflagración, y debían estar preparados. Fueran ciertas o falsas aquellas noticias, lo real era que la sociedad parisina de entonces, engreída y despreocupada, no podía sospechar en absoluto todo lo que estaba por suceder.
Pero André, aunque permanecía indiferente ante tales rumores, le estaba reservado un gran encuentro con uno de sus mejores amigos desde que ambos tenían dieciocho años: el siciliano Robertino. Aquel hombre de raíces mediterráneas, de cabello ensortijado, ojos negros y cansados, quien se hallaba afincado en la capital. Era paternal, directo, sincero y poseía un modo de hablar extremadamente diplomático —algo que, paradójicamente, sacaba de sus casillas a André—. Fue él quien le comunicó que se llevaría a cabo una gran fiesta en la planta de producción, con motivo de un aniversario más de ser fundada en la capital.
Abdré aceptó con mucho agrado; pensó que así su semana quedaría completa y se puso sus mejores galas. Apenas entraron al recinto, el humo de los cigarrillos daba cuenta de la pesadez del ambiente. La música se mezclaba con risas alegres y los continuos brindis de los miembros del directorio.
Sin embargo, André no se dejaba impresionar por tanta hipocresía reunida. Para él, lo fundamental era la palabra dada con verdad y compromiso porque mantenía una fe absoluta en la honestidad o en ls transparencia de sus colegas empresarios. Robertino lo conocía muy bien: estaba seguro de que su amigo, aunque era gran amante de las fiestas y los parabienes, escondía en su interior una sagacidad incomparable.
Esa noche, el encanto y la alegría de las damas presentes animaban el ambiente. En un momento, Bernard le acercó una copa de champaña, cuando de pronto André quedó prendado de una mujer extraordinaria. Tenía unos ojos hermosos, lucía un corsé bien definido y sostenía un cigarrillo largo entre los dedos, casi como si buscara llamar la atención mediante aquella gracia que algunos bobos llamaban una "atrevida actitud".
André percibió casi de inmediato que su interés era correspondido. Se acercó a ella, tímido pero decidido; para él, aquella mujer era un misterio que, evidentemente, debía resolver. Poco después de presentarse, ambos se sumergieron en una charla amena y prolongada. Ella sintió lo mismo, pero, inteligente y recatada como correspondía a su condición de mujer, demostraba un interés que parecía ocultar una profunda admiración.
André se dio cuenta de todo ello, y su corazón comenzó a latir con fuerza. Sin embargo, por respeto a lo convencional y a los buenos modales, pactaron encontrarse nuevamente a orillas del río, en una tarde que prometía ser inolvidable. Al llegar a casa, André estaba emocionado; se pasó los días pensando en la semana siguiente, como si esperara un gran aniversario nacional —solo faltaban los fuegos artificiales—. Pero aquel encuentro soñado no pudo realizarse: la gerencia lo había designado para un viaje urgente al interior del país.
Enojado y confundido, maldijo en su interior aquella ingrata situación. Pensó en Nadine con preocupación e intentó avisarle, pero no logró dar con ella. Buscó a su amigo, pero Robertino también debía cumplir una comisión importante. Resignado, partió hacia la estación del tren, cabizbajo y triste, rumbo a la obligación que debía cumplir.
Esa ausencia le pareció una eternidad. Una semana después, André se encontró inesperadamente con su amigo.
—¡¡Robettino!! ¡¡La suerte me es finalmente favorable!! ¡¡Por fin te encuentro!!
—Hola —le respondió este con mucha frialdad.
—¡¡Ha pasado apenas una semana y no he logrado dar con Nadine!! ¿Sabes qué ha sido de ella? No responde a mis llamadas ni a mis recados...
—Me sorprende mucho que no te hayas enterado, André... ¿cómo ibas a saberlo, estando tan lejos?
—¿Qué ha ocurrido, amigo? —preguntó André, con el semblante alterado.
—Nadine murió el jueves pasado. Al parecer, el conductor de una calesa no la vio; no logró controlar aquel pesado armatoste y el vehículo se fue contra ella y contra su hermano pequeño, Pierre. Ella falleció al instante, y Pierre quedó en estado muy grave en el hospital. Lo siento mucho.
André, desencajado por la noticia, solo alcanzó a escuchar. En su mente no dejaba de preguntarse por qué la vida se había ensañado con alguien tan joven y hermosa. Una inmensa angustia se apoderó de su corazón. No podía creerlo, aunque sabía que nada cambiaría lo ocurrido: la muerte ya había cumplido su designio. André lloró con amargura. Robertino lo observaba, conmovido y muy afligido; se acercó a él y lo consoló simplemente, con estas breves palabras:
—C'est la vie, André.. C'est la vie.
Dicho esto, se alejó caminando por la calle principal.
El frío de la noche, intenso e interminable, habría acabado con la vida de André si este no hubiera logrado serenarse, aun cuando la desesperación y el llanto lo dominaron en el momento más difícil de su existencia. Tiempo después, desapareció sin dejar rastro. Solo mucho más tarde, Robertino supo, por un comentario aislado, que su amigo había quedado lisiado tras un accidente, pero nadie pudo dar razón de dónde había sido atendido ni cuál era su paradero...
Roque Puell López - Lavalle