No te lo confesé porque tú habías cambiado, porque te habías convertido en un bello cuento. La diosa de mi imaginación se transformó en una tímida e inalcanzable dama, que no daba cabida a mis sentimientos ni tampoco a mis esperanzas. ¿Será verdad que lo nuestro estaba destinado a ser algo irrealizable?
No te lo confesé, pues vanos fueron mis deseos y duras fueron tus palabras; duras como si fueran clavos que tu razón se negaba a escuchar. Pero lo que ahora siento, quizá más adelante logres comprenderlo. Y sabes, si hoy tuviera que elegir con quién habría de quedarme, sería contigo: el qué dirán se desvanecería pronto, pero mis besos jamás se perderían…
Entonces, decidí ser como el mar azul de nuestra costa: imprevisible, firme, sin debilidades, con un ímpetu tan grande que se asemeja a las más temibles tempestades. Y aun así, sé que solo recibiría la brisa de tu indiferencia… ¡No te nació amarme!
Pero si pudiera entrar en el remolino de tus pensamientos más profundos, y si lograra escalar las montañas de tu corazón, ya no tendría por qué recordar más tus desvelos ni tus quebrantos. Porque, si tú no quisiste enfrentar lo que mi corazón anhela, ¿cómo podría yo llegar a amar al tuyo?
Por eso no te lo confesé aquella vez: para que no sueñes con castillos en el aire, para que no imagines caballeros que quieran vengar desaires, ni mucho menos ladrones que intenten robar mi tesoro más preciado. Aun así, te amo; te amo porque quiero tenerte siempre entre mis besos y nunca dejarte. ¿Será acaso que la soledad de mi vida me conviene más que tus ojos, esos ojos que tanto deseo?
Roque Puell López - Lavalle
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