No me cantes, porque yo no soy el mal estudiante, y estoy cansado de tanta gente mentirosa. Tampoco soy el soñador de causas interminables, ni el experto en restaurar vidas de la época medieval. ¿Qué más da? ¿Hoy querrás convencerme con tus bellas letras musicales, verdad? ¿Por qué no mejor me inspiras con historias de vidas realmente excepcionales?
Por favor, juglar: no me cantes de amor, ni te esfuerces en despertar ahora a mi alma. La vida siempre es bella, y por una flor negra no se apagan todas las estrellas. Sí, se fue la bella ingrata, a quien tanto amaba, pero hoy ya me basta con mi gata. Ella siempre busca alcanzar la gloria hurgando en mis sentimientos, y por eso mi alma no podría estar ya curada...
No me cantes cómo debo ganar dinero; conozco al comprador y al vendedor astuto. Hoy quieren engatusarme rápido con las historias del bendito ganador y del insufrible magnate. Siempre intentan convertir tanto al hombre de letras como al que no sabe leer, en un gran y próspero comerciante. No, gracias: así como estoy ahora, me siento mucho mejor.
Pero sí deseo, amigo, que me cantes mejor de la vida plena y dichosa. Insisto: cántame más bien de Dios. Busca en lo más profundo de mi fe y de mi constancia un ejemplo verdadero de amor. No me digas que ya lo sabes todo, ni creas que puedes engañarme. No confundas el amor verdadero con esas historias de moda que se ven en un cine muerto de hambre...
Canta que el amor que se ofrece al hermano no se da con un mísero papel y un "muchas gracias". Tampoco con un "ahora no tengo, que mañana te daré". Ni siquiera con un "Dios te bendiga", y dejar que todo quede en palabras. No: entona mejor que estas cosas se hacen con las manos abiertas, inspiradas en las buenas obras y con un sincero desprendimiento. ¿Quieres que te lo repita otra vez?
Roque
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