lunes, 23 de marzo de 2026

Volare

 



Para algunos, volar es un placer; para otros, motivo de ponderación, especialmente si se trata de hacerlo en una avioneta pequeña de cuatro plazas que sirvió en Vietnam. Hace unos años, salimos como misioneros del campo de vuelo de Atalaya, en el departamento de Ucayali, en la selva peruana. Fui acompañado de mi amigo Eugenio Bragg, con una misión de gran importancia en aquel rincón.

Nuestro destino era el caserío de Obenteni, en el Gran Pajonal. Esta región, que se extiende por tres departamentos, respira historia. En el siglo XVII, por ejemplo, el ashéninka Juan Santos Atahualpa —criado por franciscanos— mantuvo en jaque a los españoles, quienes nunca lograron sojuzgarlo a pesar de sus múltiples persecuciones. Fue un tal Mariano Lechuga, movido por la envidia, quien lo asesinó de manera misteriosa. Hoy en día, sigue siendo tierra de los campas pajonalinos —como se les denomina a esta etnia, aunque ellos se autodefinen como Nación.

Son conocidos por ser un pueblo guerrero; antaño tomaban las armas y se pintaban la cara con achiote y raíces de plantas que les conferían un aspecto fiero cuando declaraban la guerra. Hoy, esta costumbre persiste como rasgo cultural y de identidad. Visten actualmente con la cushma —un amplio camisón largo de color marrón—, prenda que usan hombres y mujeres por igual. Se sustentan de la ganadería y una agricultura incipiente, en una extraña convivencia con los colonos de la sierra.

Llegar allí es «una aventura en el aire», debido a la altura de sus montañas y los farallones cubiertos por una vegetación densa como una manta. Desde el despegue, la avioneta inició su ascenso, superando los diez mil pies hasta coronar la cumbre, donde por fin se divisaba en la profundidad el caserío. El descenso fue igualmente espectacular: se realizó en círculos, como si la máquina fuera un tirabuzón, hasta posarse en una cinta verde en medio de las casas dispuestas en hilera.

No obstante, en el vuelo de regreso a Atalaya, después de horas de sol radiante, una tormenta se abatió sobre nosotros sin previo aviso. Parecía oírse el crujir de montañas que se rompían en mil pedazos; luego, el cielo se iluminaba con relámpagos interminables, para terminar en una lluvia feroz. Ilusamente creímos que aquella furia pasaría pronto, pero no fue así.

La avioneta temblaba entre las nubes, pero el piloto —experimentado— sacó su carta de navegación para trazar la ruta. Nosotros no veíamos nada: todo estaba envuelto en la oscuridad. Sin embargo, abajo discurría un río, cuyo curso seguimos sabiendo que atravesar las montañas habría sido una muerte segura. Ya llevábamos buen trecho volando cuando la máquina se convirtió en un «papelito al viento», arrastrada por las corrientes que la guiaban por el cauce serpenteante del agua. El silencio era absoluto; no sé si éramos víctimas del miedo, pero la humedad unida al frío hicieron su trabajo. ¿Estábamos en el limbo? Nos miramos, solos en medio del aire, con el horizonte completamente oscuro.

Solo se oía el silbido del viento y el rugir de la única hélice de nuestro viejo monomotor. El resto era un cuadro sin orden, un punto diminuto en el firmamento sombrío. Pasaron minutos largos, interminables, y la tormenta persistió con mayor furia. Pero los caprichos de la naturaleza no se hicieron esperar: apareció una abertura en el cielo, una luz esperanzadora que parecía invitaronos a entrar de inmediato.

Sin dudarlo, el piloto ascendió por una escalera imaginaria, y nuestra sorpresa fue inmensa al cruzar aquel umbral… ¡Estábamos en otro mundo! El cielo era de un azul espléndido, y abajo quedaba la tormenta como un manto negro aún amenazante, pero ya lejano. Dos visiones distintas: de nuevo el calor, el cielo celeste y la alegría de vivir reinaron entre nosotros. Quedaba poco combustible, pero después de seguir la línea del río durante un largo trecho, aterrizamos por fin en el pueblo, bajo un cielo nublado. Lo que habitualmente duraba veinte minutos se alargó a más de una hora.

En mi candidez, le felicité al piloto por su pericia y aplomo. Pero él, firme y con una sonrisa en los labios, me respondió:

–¡Dirás qué bueno es el Señor, que nos dio salida en medio de tanto caos!

–¿De veras? –contesté incrédulo, aunque en mi interior reflexionaba sobre aquel momento mágico en medio de las densas tinieblas, que me había invitado a contemplar la belleza misma de la oscuridad. Mi amigo Eugenio también estaba sorprendido, y esbozó una sonrisa igual.

Hoy me pregunto si en el mundo que habitamos, la cortina de la ignorancia pretende nublar para siempre el pensamiento de seres como nosotros: humanos finitos y contradictorios. Supe entonces que existen en la vida puertas de luz espléndida para las preguntas sin respuesta. Todo consiste en buscarlas; sin duda las encontraremos en la verdad de lo que anhelamos. Sé que despierto cada mañana en un lugar real, que existe, y que en sus misteriosos escondites guarda un resplandor que me ilumina y que puede convencer incluso al ser más impenitente.

Pero ignoro si todos podremos gozar del tiempo de volar y soñar despierto, o si tal vez terminaremos caminando entre las sombras sin esperanza, aún cuando nos lleguen buenas noticias. Dependerá de nuestra decisión de vivir realmente el presente, confiando en Jesucristo, la Luz del mundo…

Roque Puell López - Lavalle

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